jueves, 9 de abril de 2015

Un día en el centro comercial

- No te muevas de aquí, solo voy a comprar unos zapatos y enseguida vuelvo. Manolo vio alejarse a su madre por el espejo retrovisor con una mezcla de tristeza y coraje. Nada le gustaba más en el mundo que ir de compras con ella, y sin embargo tenía que esperarla en el coche. Ya iba a entrar a cuarto de primaria, se sabía de memoria todas las capitales de los estados, andaba en bicicleta sin ruedines, pero ella lo seguía tratando como un bebé. 

Cuando la señora andaba deprisa, ni siquiera lo dejaba bajarse del coche porque sabía que en el barullo del centro comercial él se soltaría de su brazo para ver sus tiendas favoritas, y ella tendría que correr tras él de aquí para allá, temerosa de perderle
entre la multitud.

En la bolsa del pantalón encontró un billete de diez euros que  su papá le había regalado por sacar buenas notas. ¿Qué diablos hacía encerrado en esa caverna si tenía dinero para divertirse? Miró su reloj: eran las 17:20. Su madre tardaría como mínimo 15 minutos en elegir sus zapatos. Tiempo de sobra para dar una vuelta por el centro comercial y regresar al coche antes de que ella terminara de probarse toda la zapatería.

Al bajar del coche dejó el seguro levantado para poder abrir cuando volviera. Corrió hacia el centro del estacionamiento y tomó el ascensor  transparente que desembocaba en una plaza. Se detuvo en la heladería y compró su helado favorito: uno de yogurt salpicado con nueces y chispas de chocolate. No tenía tiempo para sentarse a saborearlo. Con el helado escurriéndole por la boca se mezcló entre el gentío de mirones y compradores.

Recorrió el largo pabellón donde había tiendas de alta costura, dio vuelta a la derecha en el conjunto de cines  y se detuvo en el magnífico aparador de su tienda favorita, La Deportiva, donde había una lancha amarilla de cuatro plazas. Ya que no podía aspirar a aventuras reales, se resignó a las aventuras mecánicas. Cambió tres euros por fichas en la sala de videojuegos, atestada de niños que gritaban y se disputaban las máquinas a empujones. Aturdido por las cifras del marcador, por los ruidos hipnóticos y por la obligación de dar en el blanco cada vez que disparaba contra su objetivo, olvidó que le quedaba muy poco tiempo para volver al coche. Cuando se le ocurrió mirar su reloj ya eran las 20:45. – Mi madre me va a matar...- pensó.