- No te muevas de
aquí, solo voy a comprar unos zapatos y enseguida vuelvo. Manolo vio alejarse
a su madre por el espejo retrovisor con una mezcla de tristeza y coraje. Nada
le gustaba más en el mundo que ir de compras con ella, y sin embargo tenía que
esperarla en el coche. Ya iba a entrar a cuarto de primaria, se sabía de memoria todas las
capitales de los estados, andaba en bicicleta sin ruedines, pero ella lo seguía
tratando como un bebé.
Cuando la señora andaba deprisa, ni siquiera lo dejaba
bajarse del coche porque sabía que en el barullo del centro comercial él se
soltaría de su brazo para ver sus tiendas favoritas, y ella tendría que correr
tras él de aquí para allá, temerosa de perderle
entre la multitud.
En la bolsa del pantalón encontró un billete de diez euros
que su papá le había regalado por sacar
buenas notas. ¿Qué diablos hacía encerrado en esa caverna si tenía dinero para
divertirse? Miró su reloj: eran las 17:20. Su madre tardaría como mínimo 15
minutos en elegir sus zapatos. Tiempo de sobra para dar una vuelta por el
centro comercial y regresar al coche antes de que ella terminara de probarse
toda la zapatería.
Al bajar del coche dejó el seguro levantado para poder abrir
cuando volviera. Corrió hacia el centro del estacionamiento y tomó el ascensor transparente que desembocaba en una plaza. Se
detuvo en la heladería y compró su helado favorito: uno de yogurt salpicado con
nueces y chispas de chocolate. No tenía tiempo para sentarse a saborearlo. Con
el helado escurriéndole por la boca se mezcló entre el gentío de mirones y
compradores.
Recorrió el largo pabellón donde había tiendas de alta costura,
dio vuelta a la derecha en el conjunto de cines y se detuvo en el magnífico aparador de su
tienda favorita, La Deportiva, donde había una lancha amarilla de cuatro plazas.
Ya que no podía aspirar a aventuras reales, se resignó a las aventuras
mecánicas. Cambió tres euros por fichas en la sala de videojuegos, atestada de
niños que gritaban y se disputaban las máquinas a empujones. Aturdido por las
cifras del marcador, por los ruidos hipnóticos y por la obligación de dar en el
blanco cada vez que disparaba contra su objetivo, olvidó que le quedaba muy
poco tiempo para volver al coche. Cuando se le ocurrió mirar su reloj ya eran
las 20:45. – Mi madre me va a matar...- pensó.
