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martes, 19 de mayo de 2015

Caligrama: Érase una vez mi perro...


Caligrama: Mi gata


Caligrama: Leer


Microrrelato: El mago de los deseos

“Quisiera ser libre como el viento, y moverme como las hojas acariciadas al sol”, exclamó una inocente y joven niña, ajena a que sus deseos escuchados habían sido, por un mago obediente y muy trabajador. Y así, poco a poco, los cabellos de la joven en ramas secas se convirtieron.

Microrrelato: Al final del túnel

El suelo tembló bajo sus pies y, en apenas unos segundos, él quedó sepultado. Envuelto en una oscuridad infinita, pero empujado por su instinto de supervivencia, logró salir de entre los escombros y empezó a caminar por lo que parecía un improvisado túnel con una luz al fondo. Estaba tan ansioso por escapar de allí que avanzó con gran premura durante unos instantes, hasta que un pensamiento le detuvo, helando su sangre: estaba yendo hacia la luz, como aquellos que van a morir. Presa del pánico, y queriendo huir de su trágico destino, decidió deshacer el camino, alejándose definitivamente de su única salida al exterior.

Microrrelato: El supervillano

Después de que destruyó todo el mundo, se paró sobre las escombros, miró a su alrededor y sonrió orgulloso de su trabajo; pero al momento siguiente, al admirar por segunda vez su gran trabajo, entre el silencio y la solicitud del nuevo mundo destruido, la sonrisa se borró de su cara.

lunes, 13 de abril de 2015

La Luna arrogante

Érase una vez una luna grande, hermosa y brillante, tan brillante que iluminaba los caminos de la sabana. Los venados salían a beber agua de la laguna que parecía un espejo, mientras los grillos, las ranas, sapos y las aves nocturnas ofrecían un concierto en la llanura.

Desde el inmenso cielo nocturno observaba la luna el espectáculo de los animales. De repente un búho adolescente volaba rápidamente, y ella asustada se movió.

- ¡Búho insolente! ¿Acaso estás demente?
- ¡Disculpe señora, no fue mi intención causarle este gran sacudón!

Allá en la llanura sigue la fiesta, zorros, ardillas, búhos y grillos, arman el alboroto y la luna obstinada dice que guarden silencio, amenaza con ocultarse temprano y dejarlos a oscuras. Se levanta el zorro en dos patas como tratando de alcanzarla y respetuosamente le dice:

- Señora luna, no creo que hagamos daño alguno con corretear y jugar un poco con nuestros amigos.
La Luna muy arrogante le contestó: - Yo soy la fuente de luz nocturna, brillo con luz propia, sin mí no seríais nada, viviríais en completa oscuridad.
- ¡Te equivocas Luna arrogante!- resonó una voz desde el hueco de un árbol. Era el abuelo Búho, quien era el más sabio de los animales de la región.
- Tu luz la obtienes del Astro Rey, es decir, del Sol.
- ¡Mentiroso!- refutó la luna. Simplemente tienes envidia, porque yo vivo aquí en lo más alto, tengo un hermoso brillo y si no quiero, pues no salgo más y no podréis salir a armar fiestas escandalosas. Y sin decir más nada se ocultó.

Los animalitos al ver que todo quedó sumido en la oscuridad se fueron a sus cuevas, madrigueras y árboles.
- El abuelo búho se preocupó demasiado, e intentó dormir esperando el amanecer.

Eran las cinco de la mañana y el Astro Rey se venía despertando, imponente, hermoso, brillante, con su corona incandescente. Ya se sentía el calorcito de sus rayos al tocar la tierra cuando el abuelo búho carraspeó frente a él.

- Señor Sol, tenga usted buenos días. Vengo a hablar en nombre de los animales de la llanura. La señora Luna nos ha tratado mal, se ha vuelto obstinada y nos ha quitado la luz. Nunca más volveremos a salir de noche, vamos a morir de hambre y de tristeza.

- Señor búho, me parece que tenemos que darle un escarmiento a esa señora.
Ese día el sol se ocultó, no brilló, mientras la Luna paseaba por otros lugares. El día estuvo frío, oscuro y triste. Los animales se quedaron en sus hogares. Al finalizar el día dando paso a la noche, llegó la arrogante Luna con los ojos cerrados, pero su sorpresa fue muy desagradable… no pudo brillar. Insistió muchas veces estirándose, girando sobre sí misma, pero no lo pudo lograr, lloró y gritó, pero nada pasó.

El abuelo búho se le acercó y la Luna con sus lágrimas le salpicó.
- ¿Ahora me crees Luna arrogante? No brillas con luz propia, tú dependes del Sol y nosotros dependemos de tu luz para salir a alimentarnos y a compartir con los otros animales.

La Luna comprendió su grave error, se disculpó con los animales y pidió ayuda al señor Sol, quien ya venía de regreso de su paseo. Al amanecer el Sol brilló como nunca y en la noche la Luna hermosa brilló para todos los animales de la llanura.

sábado, 11 de abril de 2015

La ballena del pirata

El señor Rudinolfo de Cantré y su ballena Arilinda, se llevaban muy bien. Se habían conocido tres años atrás cuando él viajaba por el Océano Ïndico y decidió hacerse pirata. ¡Ah, pero no era tan fácil la cosa! Por eso al principio no le fue tan bien, hasta que doblando por una isla, se encontró a la ballena y pensó en hacerla socia.

- ¡Sí, jefe!- Arilinda entendió perfectamente el plan y le pareció muy bueno porque así ella también se aseguraba una vejez tranquila.

El negocio empezó a prosperar, por decirlo así porque el señor de Cantré era una persona muy fina y culta y nadie podía sospechar que era él quien desvalijaba los barcos de excursiones. Después cargaba todo lo robado en su barquito y se hacía a la mar. En el camino se encontraba con Arilinda y le tiraba todo a la boca, y ella contenta se lo tragaba. Cuando podían estar en peligro, marchaban juntos a la isla Ricaventura que él se había comprado.

-¡Qué buena idea trabajar con una ballena!- pensaba don Rudinolfo - Así me ahorro combustible- Decía, mientras Arilinda largaba junto a un chorro de agua, anillos, trajes, cajas de seguridad, pianos de cola y autos de carrera, frente a la isla. Allí estaba construyendo su palacio, que por ahora le servía para guardar todo lo que robaba.

Pero un día, después de tres años de enormes ganancias, sucedió algo terrible que puso en peligro la continuación de la sociedad con la ballena. Estaban recolectando todo lo robado en la playa, cuando Rudinolfo vio algo que lo deslumbró. Junto a un microondas y a los botines de fútbol del goleador sudamericano, había una corbata con una perla como prendedor. Pero no era la perla la que lo tenía fascinado, si no la corbata.

En vano la pobre Arilinda seguía tirando en la playa objetos raros y costosos: un ombú enano, dos arañas de cristal con lámparas de bajo consumo, un juego de dormitorio con el gato siamés que dormía sobre la cama y no pudo escaparse a tiempo. A partir de ese momento, ya nada tuvo significación para el señor de Cantré. Sólo vivía para conversar y hacerle mimos a su corbata.

La sacaba a pasear tres veces al día, la bañaba con su espuma favorita y la perfumaba con una loción especial que le había robado a un cantante de rock, muy popular en el polo Norte. La sentaba en sus rodillas cuando desayunaba, la acomodaba en una reposera cuando él tomaba sol en la playa y la invitaba con pororó mientras veía televisión.

Arilinda casi se enferma de tristeza y de indignación. Y la sociedad que habían formado, ¿dónde quedaba? Intentó hacerlo reaccionar de varias formas: haciendo piruetas en el agua para llamar su atención, bailando cumbia de cabeza en la arena o escondiéndole el desodorante que él usaba. Nada resultó. Al contrario, día a día aumentaba su fervor hacia la corbata. Y la ballena, que se había encariñado con el señor Rudinolfo y con la tarea que realizaban juntos, se desesperaba al no encontrar la solución.

Una linda mañana de verano, el señor de Cantré estaba conversando animadamente con la corbata en el balcón de su residencia. En ese momento pasó un avión y entonces ¡sucedió algo asombroso!: la corbata lo vio y partió volando hacia el cielo.

-¡Traidora! Se fue sin siquiera saludarme, después de tantas horas compartidas y de tratarla con el mayor de los cariños- se lamentaba Rudinolfo.

De la corbata, no se supo nada más. El señor de Cantré pasó de la furia, a la angustia y por fin, a la resignación. Una noche, al fin se acordó de su buena amiga Arilinda, que seguía siéndole fiel esperándolo en la costa. Cuando llegó, casi le da un ataque:

-¡Arilinda! ¿Qué hacés en la arena? ¿Cuántos días hace que estás aquí? ¡Qué ingrato que fui, abandonarte cuando fuiste la única que me ayudó en mi vida aventurera. ¡No te mueras, ballenita! Te prometo que nunca más te dejaré sola. La ballena abrió un solo ojo, porque no tenía fuerzas para abrir los dos y solamente emitió un leve quejido en señal de despedida.

-¡Vamos a volver al mar, Arilinda! Pero ahora devolveremos todo lo robado, porque del mal trago que pasé con esa horrible corbata, saqué algo bueno. Es mejor ser pobre y honrado que pirata. ¡Ayudame, Arilinda! No puedo hacerlo solo.

Estas palabras fueron mágicas para la ballena. Aprovechó una ola enorme que vino hacia la playa y pronto estuvo en el mar otra vez, acompañando a su jefe en esta nueva tarea. Claro que con tanto que habían robado no podían ser muy prolijos. Los ricachones no entendían muy bien qué pasaba: al que le robaron el microondas, le devolvieron los botines del goleador de fútbol, al cantante de rock que triunfaba en el Polo Norte, le mandaron el corsé lleno de lentejuelas de una gordita, al capitán de un crucero por el Pacífico que le habían robado el timón del barco, le devolvieron la peluca pelirroja de una actriz holandesa.

Él volvió a ser quien era antes de convertirse en pirata: Oscarcito Rivarola y a pescar en su barquito por el río Paraná. ¿Y la ballena Arilinda, os preguntaréis? Viaja junto a su jefecito asustando a los camalotes y a los moncholos, y por las noches recalan en alguna isla y recuerdan viejos tiempos. Entonces la ballenita larga un chorro de satisfacción, alto, bien alto, que toma distintos colores con las luces.

Y la gente en la ciudad, cree que son fuegos artificiales.

jueves, 9 de abril de 2015

Un día en el centro comercial

- No te muevas de aquí, solo voy a comprar unos zapatos y enseguida vuelvo. Manolo vio alejarse a su madre por el espejo retrovisor con una mezcla de tristeza y coraje. Nada le gustaba más en el mundo que ir de compras con ella, y sin embargo tenía que esperarla en el coche. Ya iba a entrar a cuarto de primaria, se sabía de memoria todas las capitales de los estados, andaba en bicicleta sin ruedines, pero ella lo seguía tratando como un bebé. 

Cuando la señora andaba deprisa, ni siquiera lo dejaba bajarse del coche porque sabía que en el barullo del centro comercial él se soltaría de su brazo para ver sus tiendas favoritas, y ella tendría que correr tras él de aquí para allá, temerosa de perderle
entre la multitud.

En la bolsa del pantalón encontró un billete de diez euros que  su papá le había regalado por sacar buenas notas. ¿Qué diablos hacía encerrado en esa caverna si tenía dinero para divertirse? Miró su reloj: eran las 17:20. Su madre tardaría como mínimo 15 minutos en elegir sus zapatos. Tiempo de sobra para dar una vuelta por el centro comercial y regresar al coche antes de que ella terminara de probarse toda la zapatería.

Al bajar del coche dejó el seguro levantado para poder abrir cuando volviera. Corrió hacia el centro del estacionamiento y tomó el ascensor  transparente que desembocaba en una plaza. Se detuvo en la heladería y compró su helado favorito: uno de yogurt salpicado con nueces y chispas de chocolate. No tenía tiempo para sentarse a saborearlo. Con el helado escurriéndole por la boca se mezcló entre el gentío de mirones y compradores.

Recorrió el largo pabellón donde había tiendas de alta costura, dio vuelta a la derecha en el conjunto de cines  y se detuvo en el magnífico aparador de su tienda favorita, La Deportiva, donde había una lancha amarilla de cuatro plazas. Ya que no podía aspirar a aventuras reales, se resignó a las aventuras mecánicas. Cambió tres euros por fichas en la sala de videojuegos, atestada de niños que gritaban y se disputaban las máquinas a empujones. Aturdido por las cifras del marcador, por los ruidos hipnóticos y por la obligación de dar en el blanco cada vez que disparaba contra su objetivo, olvidó que le quedaba muy poco tiempo para volver al coche. Cuando se le ocurrió mirar su reloj ya eran las 20:45. – Mi madre me va a matar...- pensó. 

martes, 7 de abril de 2015

El ciempiés cojo

El ciempiés era cojo de nacimiento. Su cojera se extendía a 24 patas exactamente, lo malo es que las 24 patas que faltaban estaban todas situadas en el mismo sitio: por eso andaba con dificultad.

Caminaba muy despacio con las antenas agachadas, pues con 76 patas no se puede mantener ese orgulloso aire gallardo y marcial. Balanceaba su cuerpo de un lado a otro como una embarcación. Además, suspiraba constantemente y se enjugaba el sudor con un fino pétalo de rosa.

Nunca llegaba a tiempo a ningún sitio. Pero podía describir con todo lujo de detalles los difíciles entramados de la red de una telaraña, la marca que dejaba el viento en la hierba durante los días en que el aire jugaba al escondite con los árboles, el trazado irregular del vuelo de la libélula. Para todo eso hace falta fijarse mucho y, sobre todo, tener tiempo para hacerlo. Y el ciempiés cojo lo tenía al no poder caminar más deprisa.

También le gustaba charlar largo y tendido. En la hora que antecede a la aurora, cuando el cielo está todavía oscuro y la tierra débilmente alumbrada por el último cuarto de la luna, el ciempiés conversaba con la musaraña sobre los temas más diversos. Unas veces hablaban de las fiestas nocturnas de las madreselvas cuando se abren fragantes en las primeras horas de la noche; otras, de la aparición de una nueva estrella que chapoteaba risueña en el agua de la charca...

En las tardes veraniegas el ciempiés se quedaba mucho rato en el mismo lugar y se tomaba su tiempo para probar el polen traído por la brisa dorada. Nunca tenía prisa por llegar a ningún sitio, lo cual en un principio estaba motivado por su cojera. Evidentemente no podía competir con los otros ciempiés en velocidad ni participar en las carreras que organizaban entre ellos.

Pero, poco a poco, tener tiempo para detenerse en las cosas pequeñas le fue gustando cada vez más. Se planteaba el llegar, no como una meta de rapidez, sino como un camino de contemplación de los detalles que circundaban su vida en el bosque.

lunes, 23 de marzo de 2015

Robin Hood

¡Leed con atención esta historia! 
Cualquier detalle de esta lectura puede ser la clave del éxito.

La mañana era deliciosa. Dos amigos gozaban de ella paseando por el camino real que atraviesa el bosque de Sherwood. Sus nombres, Robin Hood y Pequeño Juan, despertaban las iras del tirano que gobernaba el país con sólo ser pronunciado delante de él. En efecto, ambos paseantes tenían su cabeza puesta a precio por el príncipe Juan, que así se llamaba el déspota, a causa de una vieja historia.

Todo empezó con la partida del rey Ricardo, querido y respetado por sus súbditos, a las Cruzadas de Oriente. Su hermano, el príncipe Juan, aprovechó su ausencia para usurpar el trono y establecer una cruel tiranía en el reino. Contra él se alzaron Robin Hood, Pequeño Juan y otro valientes. Tenían algunas armas y la firme decisión de acabar con su poder para siempre.

 Este es un buen sitio – dijo Robin deteniéndose en una revuelta del camino. Planeaba un asalto a la comitiva del príncipe, que pasaría por allí.
 ¿Y qué haremos para quitarle el dinero? – preguntó Pequeño Juan. Aludía a las exorbitantes sumas de dinero a los aldeanos de Nottingham en concepto de impuestos.
No te preocupes, algo se nos ocurrirá.
Y llegó el cortejo. El príncipe se aproximó entre redobles de tambor; los dos amigos, disfrazados de gitanas, aguardaban a la vera del camino.
 ¿Conocéis vuestro provenir, oh príncipe? – gritó Robin en el instante oportuno.
 ¡Nosotras lo leemos claramente en las líneas de la mano! – rubricó Pequeño Juan.
 ¡Alto! – ordenó el tirano a sus lacayos, repentinamente interesado.

Robin se introdujo en su litera y le distrajo con artificios mientras se apoderaba de cuantos objetos de valor había allí. Pequeño Juan practicaba un orificio en el arcón que contenía las recaudaciones, y se hacía con el tesoro sin que sus guardianes se diesen cuenta.


Con un agudo silbido, Robin dio a su compadre la orden de retirada, y los dos se esfumaron entre el follaje del bosque. Cuando el príncipe y sus servidores quisieron reaccionar, ya era demasiado tarde. El dinero volvió a los bolsillos de sus dueños. Fray Tuck, unos de los rebeldes, servía de enlace entre Robin y los aldeanos; estaba muy al tanto de lo que sucedía en la Corte.
 Ya falta poco para el concurso de tiro, Robin.
 Lo sé, Fray Tuck, y pienso asistir.
 ¿Sabes también que Marian entregará el premio al vencedor? – dijo el clérigo, con gesto travieso.
 ¿Marian? ¡Oh! – El asombro de Robin no tuvo límites. ¡Qué gran ocasión para ver a su enamorada! ¡Hacía tanto tiempo desde la última vez!

Aun a sabiendas de que el príncipe Juan le preparaba una celada, Robin entró en el castillo de Nottingham, lugar del concurso y residencia del tirano, disfrazado de paje. Dos cosas se proponía: ganar en noble lid y liberar a su amada


Un misterioso duque fue presentado al príncipe Juan. Decía venir de un lejano territorio, y obtuvo un asiento en la tribuna principal, justo a su lado. Mal podía suponer el traidor que estaba invitando a Pequeño Juan. Marian, hermosa y triste, ocupaba el asiento a la derecha de su opresor.

El concurso se desarrolló con normalidad, y pronto quedaron en liza los mejores arqueros. La pericia de Robin y del sheriff de Nottingham, recaudador de impuestos.

El sheriff colocó su última flecha en el centro de la diana. Tal lanzamiento parecía insuperable. Robin, sin embargo, los desbarató, desplazando la flecha del rival con la suya, en un alarde de precisión que entusiasmó a los espectadores. Era el vencedor.

Pero el príncipe Juan había reconocido la maestría de Robin, y no se dejaba engañar por su falso atuendo. En el momento del espaldarazo ritual al triunfador, rasgó con su espalda el disfraz del proscrito.

 ¡Detened al impostor! – rugió el príncipe. Sus soldados cumplieron la orden al instante.
 ¡Yo te condeno a muerte! ¡Ejecutad aquí mismo la sentencia!

Un poderoso brazo se enroscó en la garganta del príncipe; el filo de un puñal enfriaba su mejilla.
 ¡Manda que suelten a Robin, o morirás antes que él! – le conminó Pequeño Juan.
 ¡Soltadle! – gimió el tirano.
Apenas se vio libre, Robin corrió hacia Marian, tomó una de sus manos, y gritó a Pequeño Juan:
 ¡Huyamos de aquí enseguida!

Se organizó un tumulto considerable. A toda prisa, nuestros héroes corrían hacia una puerta secundaria del castillo.
 ¡Que no escape ninguno con vida! – gritaba el príncipe fuera de sí.
Al ver cerrada la puerta, los fugitivos treparon a las murallas, abatieron a unos cuantos soldados que les cerraban el paso, tendieron una cuerda hacia el exterior, y se deslizaron por ella ágilmente.
El príncipe Juan, enfurecido por la rebelión, juró vengarse de todo el pueblo.
– ¡Doblaré, triplicaré los impuestos a esos miserables! Pero ¡ay del que no pueda pagar! ¡Acabará podrido en las mazmorras de este castillo!

El herrero Tristán era una de las muchas víctimas del usurpador. Viejo y con una pierna rota, no tenía dinero para comer, pues todo su dinero iba para los impuestos. Fray Tuck le llevaba alimentos cuando podía, y se esforzaba en consolarle.
 Pronto cambiarán las cosas en este país, amigo mío – afirmaba.
 ¡Dios lo oiga, Fray Tuck, porque mis pobres huesos ya no resisten! – solía responderle Tristán.

En una sus visitas a la herrería, Fray Tuck encontró allí al Sheriff de Nottingham, que, como de costumbre, se proponía esquilmar a Tristán. Tal fue su irritación, que la emprendió a palos con el infame:
 ¡Encaja esto, y esto! ¡Así aprenderás a respetar el dinero ajeno! – le decía, entretanto.
El sheriff, todo molido llamó a sus soldados, y tanto Fray Tuck como Tristán fueron apresados.
– ¡Sois reo de alta traición! – gritó el sheriff al clérigo . ¡Conducidles a las mazmorras! – ordenó seguidamente a sus hombres.

Media cuidad de Nottingham estaba ya entre rejas por negarse a pagar los nuevos impuestos. El sheriff acudió a la celda de Fray Tuck.
 Mañana tendrás una cita con el verdugo. ¿Estáis preparado para rendir cuentas al Altísimo?
 Espero que sí – murmuró débilmente el prisionero.
 ¡Ja, ja, ja! Os veo ahora menos arrogante – se burló el sheriff antes de retirarse.

Esa misma noche, dos sombras furtivas se deslizaron por las almenas del castillo. Eran Robin y Pequeño Juan, que se proponían liberar a Fray Tuck y demás prisioneros de las garras del tirano.
 Quieren ejecutar a Fray Tuck para atraer a Robin – dijo uno de los prisioneros que atendía a Tristán.
 Si apresan a Robin, no tendremos ya esperanzas – conjeturó otro de los allí presentes.

Robin y Pequeño Juan cruzaron el patio del castillo con el mayor sigilo, penetraron en un pasadizo, y pronto se hallaron a la vista de los calabozos, cuyo acceso estaba custodiado por dos guardianes.
 ¿Cuál es tu preferido? – susurró Robin.
– El de la izquierda; parece más fuerte – repuso Pequeño Juan con voz casi inaudible.

Para ellos, fue sencillo inmovilizar a esos esbirros. Hubo que amordazarles bien; después se toparon con el sheriff de Nottingham, que dormía junto a la entrada principal de las mazmorras.
 El debe tener las llaves – murmuró Robin.
Así era, en efecto. Hábilmente, se hizo con ellas, abrió la puerta, y dijo a su compañero:
 Toma, entra en las celdas y libera a todos los prisioneros. Procura que no hagan ruido. Yo, entretanto, haré una visita al príncipe Juan.

En poco tiempo, cientos de cautivos abandonaron los calabozos y siguieron a Pequeño Juan.
Robin, por su parte, trepó hasta la ventana del aposento del príncipe y pasó al interior. El tirano dormía en su lecho, rodeado de bolsas de oro.


Robin ató una cuerda al extremo de una flecha, disparó hacia una ventana de la prisión, y estableció un puente con Pequeño Juan.
A través de la cuerda se fueron deslizando cuantas bolsas de oro encontró Robin en la estancia; pero una de las últimas bolsas se rompió con estrépito. El príncipe despertó sobresaltado, y dio la voz de alarma. Al momento, el sheriff y la guarnición entraron en acción. Robin atrajo sobre sí la atención, para dar tiempo a que los prisioneros escapasen.

Pequeño Juan y Fray Tuck supieron conducir a los suyos más allá de los muros del castillo, mientras Robin luchaba tenazmente contra sus enemigos.
Cercado en lo alto de una torre, Robin vendía caro su pellejo. Las flechas silbaban en torno a él cuando las espadas adversarias no buscaban su cuerpo.

También las llamas, provocadas por el sheriff acosaban a Robin, quien se asomó al borde de la muralla, y comprendió que sólo tenía una posible escapatoria: saltar al foso. Eso hizo, pese a la enorme altura, y salió con mucha suerte del trance.

Días después, el rey Ricardo regresó de las Cruzadas sin previo aviso, venció a las huestes del usurpador, y devolvió la libertad a sus desgraciados súbditos. Mal lo pasó desde entonces el príncipe Juan, encerrado a perpetuidad en una de las mazmorras.

El monarca, enterado de las hazaña de Robin Hood, quiso apadrinar su boda con Marian, y la ceremonia se celebró en medio del júbilo popular; grandes eran las perspectivas de paz y prosperidad en el reino.

martes, 10 de marzo de 2015

Las aventuras de Ulises

¡Leed con atención esta historia! 
Cualquier detalle de esta lectura puede ser la clave del éxito.

Ulises, ya viejo y cansado, volvía a su casa ansioso por ver de nuevo a Penélope, su esposa. Joven aún se había despedido de ella para ir como combatiente a la guerra de Troya.

Volvía viejo, porque la guerra había durado tantos años, que no le bastaban los dedos de la mano para contarlos.

Pronto volveré a ver a mi querida Penélope - pensaba recostado en la borda de su barco. - Se le debe de haber vuelto blanco el cabello de tanto esperarme.

Se sentía ansioso. No sabía, ni se imaginaba, que antes de ver a Penélope tendría que enfrentarse con muchos, muchísimos peligros.

Peligros cuya duración no sería corta ni pequeña, sino larga, muy larga. ¡Sí, unos cuantos años más separarían todavía a Ulises de su adorada esposa Penélope!

El primer obstáculo en su travesía fue Polifemo, el gigante.

Polifemo, más que gigante, era un Cíclope, pues tenía un solo ojo redondo, en medio de la frente. Y no era un Cíclope cualquiera. Era el más importante de todos ellos: el que tenía más ovejas, la cueva más grande, más quesos y más jarras de leche en ella.

Tenía, además, unos gustos muy especiales: adoraba el vino y detestaba el hígado frito. No le gustaban los reyes, ni tampoco los héroes.

Por eso, en cuanto vio desembarcar a Ulises y sus compañeros, los tomó prisioneros, encerrándolos en una cueva.

Allí, mirándolos con su enorme ojo solitario, les preguntó de dónde venían.

- De Troya - contestaron los viajeros. Después les preguntó cómo se llamaba el jefe de todos ellos.

- Me llamo Nadie - mintió Ulises, que desconfiaba de aquel interrogatorio.

- ¡No me gusta ni tu nombre, ni la cara de tus compañeros! Por lo tanto, ahora me comeré a dos de ellos, y al resto los dejaré encerrados un ratito más, hasta que me venga de nuevo el hambre - amenazó Polifemo contento.

- ¡Espera! - le gritó Ulises, asustado del peligro que corrían. - ¡Toma antes este vino que te ofrezco!

El Cíclope no se hizo rogar. Tomó una jarra tras otra, hasta caer borracho y quedar dormido como un ceporro.
Aprovechando el sueño profundo del Cíclope, Ulises tomó una larga estaca de madera y hundió su extremo en el fuego.
Cuando la punta estuvo al rojo vivo, la clavó en el ojo del gigante borracho, que bramó de dolor. Los gritos de rabia eran tan fuertes y agudos, que todos los Cíclopes del lugar corrieron a ver qué ocurría, mientras Ulises y sus compañeros huían hacia la nave, que los esperaba meciéndose al vaivén de las olas, a orillas del mar.

- ¿Qué te pasa amigo? - le preguntaron los gigantes al herido, que se había quedado ciego.

- ¡Nadie me hirió! - gritó Polifemo, indignado.

- ¿Quién?

- ¡Nadie!

- Si nadie te hirió, debe de ser un castigo de los dioses - le hicieron observar sus amigos, retirándose cada cual a su trabajo y dejándolo solo.

Así quedó ciego y engañado Polifemo, víctima del astuto Ulises, a quien él había querido devorar.

La próxima parada de Ulises fue en la isla de Eolo, el rey de los vientos.

Éste, a diferencia del Cíclope, era amable y gentil con las visitas.

A los viajeros los convidó con ricos alimentos y los abrigó con buenas ropas, y les preparó también mullidas camas para dormir por la noche. También les hizo una pequeña fiesta en su honor. Al día siguiente, en el momento de despedirse, hizo dos cosas. Primero le entregó a Ulises una bolsa que contenía todos los vientos malos. Después, los saludó varias veces con la mano, ordenando al mismo tiempo a los vientos buenos que empujaran la embarcación y la orientaran bien, por la buena ruta.

Ulises vigilaba atentamente el desarrollo del viaje. Pero, como estaba muy cansado, se durmió, después de apoyar la cabeza en los brazos.

Mientras él dormía, sus compañeros, creyendo que en la bolsa que le había dado Eolo había mucho oro, la abrieron para repartírselo.

Y lo único que consiguieron fue que los vientos malos levantasen las olas y desviaran la nave de la verdadera ruta, llevándosela quien sabía adónde. Eolo, al ver aquello, se enojó muchísimo y no quiso ayudarlos más. Así que tuvieron que seguir remando con todas sus fuerzas, con todas sus fuerzas...

Pero las olas fueron más fuertes que las fuerzas de los remeros y la nave se hundió.

Ulises fue el único sobreviviente. Con el mástil de su hundida nave se construyó una especie de balsa, que las olas fueron llevando hasta una isla cercana: la isla de Calipso.


Calipso era una ninfa del mar, una hermosa mujer que vivía rodeada de algas, peces de colores y estrellas de mar, y dotada de maravillosos poderes que la hacían superior al resto de las mujeres. Calipso podía ayudarlo, pero no lo hizo porque se enamoró de él y quiso retenerlo a su lado para siempre.
Pero Ulises no pensaba más que en Penélope, su mujer, que fielmente lo esperaba y suspiraba por él.

Una noche se escapó Ulises de la isla en una nave rudimentaria que se había fabricado a escondidas. Otra ninfa del mar, menos interesada que Calipso, le dio un cinturón flotador.

Como la nave se hundió, Ulises, nadando con la ayuda del cinturón, llegó a una playa desconocida. Sin saberlo, se encontró que estaba en la tierra de Alcinoo, el rey de los feacios.
Alcinoo era un rey muy rico y amado por su pueblo.

El náufrago se acercó hasta la corte de Alcinoo y allí pidió a la reina que le facilitara las cosas necesarias para volver a su patria.

Sin preguntarle quien era, lo agasajaron todos mucho y los jóvenes lo invitaron a competir con ellos en un deporte del país.

Ulises no pudo decir que no.

El juego consistía en arrojar una pesada piedra.

El que la arrojaba más lejos, era el ganador.

Algunos competidores no podían ni siquiera levantar la piedra. ¡Tan pesada era!

Ulises la tomó sin dificultad alguna y la lanzó tan lejos, que nunca se la pudo encontrar ya.

Todos quedaron admirados, especialmente la hija del rey, que pensó que seguramente aquél sería el mejor marido que podía elegir en toda su vida. El rey asombrado, le pidió que, por favor, le contara su vida, que debía de ser muy interesante. Ulises no se hizo rogar. Contó cómo había dejado su palacio, su mujer y su hijo, para ir a la guerra de Troya. Contó cómo aquella guerra se había prolongado años y años y años, sin ganar ni el uno ni el otro bando. Contó cómo gracias a un enorme caballo de madera habían podido tomar la ciudad del enemigo, que era la ciudad de Troya. Esto les gustó tanto a los feacios, que le pidieron que les contara aquel episodio otra vez. Y Ulises se lo relató, fatigado, de nuevo:

- Construimos un caballo de madera de muchos metros de alto, que en su interior era hueco. Y allí, en la gran panza hueca del caballo, escondimos a nuestros soldados más aguerridos y valientes. Después, se lo ofrecimos como regalo a nuestros enemigos, que, confiados, lo introdujeron en su ciudad, la por nosotros tan ansiada Troya.

Aquella noche, estando todos festejando el regalo, en medio de la oscuridad se abrió una puerta secreta y nuestros guerreros salieron del caballo. En pocas horas vencieron a los enemigos, tomados de sorpresa, y la ciudad que había resistido años tan largos, se rindió en una sola noche.

El rey preguntó:

- ¿Quién fue el que tuvo la brillante idea del caballo de madera?

Humildemente, Ulises tuvo que confesar que la idea había sido suya.

Al enterarse de aquello, el pueblo hizo fila para hacerle regalos.

Entretanto, una nave, ya lista, esperaba al héroe para llevarlo hasta su tierra.

Se embarcó Ulises, se despidió de los feacios desde la nave, que se fue alejando, alejando, de la playa e internándose más, cada vez más, en el mar.

Veinte años hacía que se había ido Ulises de su patria querida.

En aquellos veinte años, Telémaco, el hijo de Ulises, había crecido mucho y había salido en busca de su padre, a quien extrañaba muchísimo.

La reina Penélope tuvo una sola preocupación en tanto tiempo: ahuyentar, alejar de sí, a los pretendientes que querían casarse con ella en ausencia de Ulises.

Aquellos pretendientes se habían instalado en el propio palacio de la reina, para no perder ninguna oportunidad de conquistarla.

Y también para gastar la fortuna del pobre rey Ulises, que valientemente estaba arriesgando su vida en la lejana Troya.

Al encontrarse Ulises con su hijo y contarle éste lo que estaba ocurriendo con los atrevidos pretendientes, idearon los dos un plan.

El hijo disfrazó al padre de mendigo y se presentaron ambos en el palacio.

- ¡Hijo, qué suerte que has vuelto! -le dijo, abrazándolo, Penélope, que se había sentido muy sola ante los pretendientes, en ausencia últimamente, no ya sólo del esposo, sino también de su hijo.

Los pretendientes fingieron también que se habían puesto muy contentos de ver de vuelta a Telémaco.

- ¡Con tal que no vuelva tu padre! - pensaron ellos con maldad.

Al ver al mendigo que lo acompañaba, lo tomaron a risa y empezaron a burlarse de él.

Le tiraron del pelo, le echaron vino a la cara, y le hacían mil morisquetas ridículas. Ulises los dejó hacer algún tiempo, esperando la mejor oportunidad para castigarlos.

Penélope, que no sabía aún nada del retorno de Ulises disfrazado de mendigo, había preparado una prueba. El triunfador tendría derecho a tomarla por esposa. La reina sabía de antemano que el único que podía ganar, era Ulises. Pero ni se imaginaba que ya lo tenía allí, de vuelta.

La prueba consistía en disparar una flecha que tenía que pasar por el centro de doce anillos, uno tras otro, sin tocarlos.

Los pretendientes probaron y sucesivamente fracasaron, sin obtener ninguno de ellos el éxito apetecido.

Penélope se sentía tranquila. Con aquello alejaría por algún tiempo de sí a los molestos y descarados pretendientes.

Entre burlas y risas los pretendientes pidieron al mendigo que probara él a disparar también la flecha.

Ulises tomó firmemente el arco, ajusto la cuerda, tiró de ella, apuntó y disparó: ¡la flecha, ante la sorpresa de todos, pasó exactamente por el centro de los anillos!

- ¡Ahora a otro blanco! - gritaron a un tiempo Ulises y Telémaco, y empezaron a disparar contra los pretendientes, que huyeron como ratas, despavoridos.

Penélope le quitó el disfraz, sin poder creer lo que veía, y súbitamente un fuerte abrazo unió a marido y mujer, separados desde hacía tantísimos años. Telémaco, con los ojos húmedos de lágrimas, sonreía.

Y, en adelante, Ulises quedó dueño de su reino y su mujer para siempre.

miércoles, 4 de marzo de 2015

La lámpara azul

Recordad, ¡vosotros hacéis los dibujos de esta historia! (Solo para 4ºC)

Había una vez una niña llamada Andrea que vivía en una pequeña casita en el campo, justo al lado de un riachuelo, a las afueras de un pueblo habitado por gente sencilla y agradable.

Andrea era morena de largos tirabuzones, risueña, simpática y juguetona, querida por todos. Era una niña feliz, pero había algo que la atormentaba. Por las noches, era incapaz de dormir con la luz apagada, pues tenía mucho miedo a la oscuridad.

Un día de frío invierno, la mamá de Andrea cansada de tener que dejar la luz del cuarto de su hija encendida por las noches, compró una pequeña lámpara que emitía una suave luz azul. Esa misma noche la colocó en la mesita de noche de Andrea.

- Con esta lámpara tendrás una suave luz por las noches - dijo la mamá mientras la niña la miraba con una mueca de desagrado.


Esa noche Andrea se acostó recelosa de tener que apagar la luz de su cuarto, pero pronto se tranquilizó al ver la hermosa luz que emitía esa pequeña lámpara, una luz difusa y de color azul que envolvía toda la estancia.

Andrea estaba tumbada en su cama mirando hacia su mullida alfombra, casi a punto de dormirse, cuando vio algo moverse entre los vaporosos pelillos del tapiz. Se quedó paralizada. Un diminuto ser con camisa blanca, pantaloncito rojo, gorro de lana marrón y de orejas puntiagudas, la miraba curioso.

Al mismo tiempo, algo revoloteó encima de Andrea. Una pequeña, muy pequeña hada con alas de mariposa, vestida de seda color turquesa y rubios cabellos largos, volaba moviendo sus alas muy cerca de ella.

Andrea estaba paralizada por la sorpresa y no atinaba a moverse ni a decir nada, mientras miraba a uno y a otro con los ojos abiertos como platos.

De repente, el pequeño hombrecillo que estaba de pie sobre la alfombra, dijo con voz algo chillona :

- Hola amiguita Andrea, me llamo Simón y soy un duende del bosque. No temas, no te haremos nada, somos tus amigos.

El hada de preciosas alas de mariposa semitransparentes color amarillo y naranja, seguía revoloteando encima de Andrea, y haciendo una ágil pirueta se colocó casi rozando la nariz de la atónita niña.

- Yo soy Casandra, soy un hada de la noche y tenemos algo que decirte.

Andrea parpadeó rápidamente, sin dejar de mirar con sus bonitos ojos azules a esa hermosa hada que estaba tan cerca de ella, ¡hasta podía sentir en su nariz el cosquilleo del aire que movía con sus alas! Un ligero suspiro salió de entre los labios de Andrea mientras los movía pareciendo que pretendía decir algo sin conseguirlo.

El hada Casandra dejó escapar una risita y acercándose a la mejilla de Andrea le dio un beso con sus diminutos labios encarnados. - No tengas miedo - dijo Casandra - solo queremos contarte algo.

Andrea levantó muy despacio su mano con el dedo índice extendido y lo acercó hacia Casandra queriendo tocarla.

- Estoy dormida y esto es un sueño - atinó Andrea finalmente a murmurar con voz entrecortada.

- No, ¡no estás dormida! - exclamó el hada a la vez que se posaba con sus graciosos piececillos descalzos sobre el dedo de Andrea.

Simón, que contemplaba la escena en silencio, finalmente habló:

- Querida Andrea, Casandra y yo somos seres que habitamos los bosques que rodean tu pueblo. De día nos escondemos en los troncos huecos de los árboles para no ser descubiertos y de noche salimos a pasear y a recoger los frutos con los que nos alimentamos.

Andrea escuchaba casi sin respiración.

- Este invierno está siendo muy duro - continuó diciendo Simón - tenemos muchísimo frio; es por eso que nos hemos acercado hasta tu casa para poder pasar estos meses en tu cálida y confortable habitación.

Andrea musitó preguntando sorprendida:

- Entonces ¿todo lo que llevamos de invierno estábais en mi cuarto?

- Así es - respondió entonces Casandra - vinimos colándonos por el respiradero. Trajimos aquí nuestras nueces y bayas e intentamos sobrevivir al crudo invierno, durmiendo de día en el hueco del respiradero. De noche intentamos salir por la rejilla rota para poder movernos, pero la brillante luz que tenías hasta ahora nos dañaba los ojos y nos resultaba imposible.

- ¿Y no tenéis miedo de mí? - preguntó Andrea.

- No - respondió Simón - hemos aprendido a conocerte y sabemos que eres una niña de buen corazón que jamás nos haría daño.

Andrea entonces sonrió y dijo:

- ¿Y solo sois vosotros dos los que habitáis el bosque?

Simón miró dudoso a Casandra interrogándola con la mirada, y ésta asintió ligeramente con la cabeza a la vez que la giraba mirando hacia el hueco en una de las paredes de la estancia.

Simón entonces se acercó decidido al respiradero gritando:

- ¡Ya podéis salir!

De la rejilla entreabierta asomaron tímidamente pequeños duendecillos, hombres y mujeres, acompañados de preciosos niños y niñas de cabellos rizados y grandes ojos. Había ocho parejas de duendes con sus retoños y cuatro ancianos de cabellos blancos. Sobre ellos, siete lindas hadas salían batiendo y desperezando sus alas.

- ¡Ya era hora! - gruñó uno de los ancianos duendes - ¡pensaba que nunca podría estirar las piernas!

Los duendes recorrían con la mirada la estancia mientras los niños comenzaron a corretear por todos lados. Las hadas volaban haciendo mil y una acrobacias en el aire mientras reían felices.

Todos ellos giraron sus miradas hacia Andrea y gritaron al unísono:

- ¡Hola Andrea !

Andrea miraba boquiabierta la escena, sentada sobre su cama, mientras las hadas se le acercaron y se posaron sobre su cabello y sus hombros.

Los niños habían descubierto el trenecito de madera y se habían subido a él, simulando viajar por unas vías imaginarias mientras uno de ellos imitaba el ruido del silbato

- Chuuuuuuu, chuuuuuuu.

Las mamás se habían colado en la pequeña casa de muñecas y vigilaban atentas a sus hijitos desde las ventanas mientras curioseaban los lindos muebles de juguete. Los hombres y ancianos charlaban animadamente de pie junto al brasero estirando y desperezando sus diminutos músculos.

- ¡Sois bienvenidos a mi habitación! - dijo Andrea emocionada.
Permaneció durante unos minutos observando a todos esos diminutos seres y mientras escuchaba a Simón que le contaba la historia de su familia de hadas y duendes, cuando mirando hacia la puerta de su cuarto dijo pensativa:

- Es mejor que apague la luz de la lámpara, no vaya a ser que mis padres abran la puerta y os descubran.

Simón asintió mientras la miraba sonriendo.

Acercando su mano al interruptor, Andrea, decidida, apagó la luz y se tumbó de nuevo en la cama. No tenía miedo, sonriente pensó en sus nuevos amigos y finalmente el sueño la venció y quedó profundamente dormida.

Al día siguiente al amanecer, el canto de los pájaros despertó a Andrea. La niña se levantó de un salto y viendo que ya no había nadie en su cuarto, miró hacia la rejilla del respiradero murmurando:

- Que durmáis bien.

Durante las frías y oscuras noches de invierno los duendes y las hadas vivieron confortablemente en el cuarto de Andrea mientras ésta dormía plácidamente en su cama. Todos los días antes de dormir, encendía su lámpara azul durante unos minutos para saludar a sus amigos y contarles como le había ido el día. Luego apagaba la luz y dormía soñando con sus amigos.

Con los primeros rayos del sol de la primavera, los duendes y las hadas volvieron al bosque y cada noche, agradecidos por la bondad de la niña, le hacían una visita a su cuarto. Andrea encendía la luz de la pequeña lámpara azul y se saludaban y charlaban durante un rato. Luego Andrea, que ya no temía a la oscuridad, apagaba la luz de su lámpara y quedaba profundamente dormida mientras sus amigos regresaban al bosque de hermosos abetos donde paseaban recogiendo frutos de los arbustos mientras los niños jugaban con las ranas del riachuelo y correteaban divertidos persiguiendo a las luciérnagas.

Su amistad duró para siempre y desde entonces, cada invierno, sus pequeños amigos compartieron con ella el calor de su habitación y las charlas bajo la luz de la pequeña lámpara azul.

Dibujo de Otta Pérez del Pulgar Guerrero

Dibujo de Sara Romero Banfalvi

Dibujo de Martina Gala Cruz

Dibujo de Cathelijne Timmermans

Dibujo de Álvaro Carrascal Moreno